Adelanto de Las vestidas, de VERA

VERA (Hernán Vera Álvarez)

Compartimos un adelanto de la novela Las vestidas, de VERA (Hernán Vera Álvarez), publicada por Suburbano Ediciones en la colección #SEd.

Portada de Las vestidas, de VERA

1

—Aunque sea verano y estés de vacaciones, las puertas de esta casa se cierran a la medianoche. Si llegás después, hasta las siete no se abren.

Desde el primer día enfrenté las nuevas reglas de convivencia. En Francia, mi padre había conocido a una mujer, también argentina, madre de un niño. Cuando regresó a Buenos Aires los cuatro nos fuimos a una pequeña casa muy cerca del Bajo Belgrano. Durante el tiempo que mi padre estuvo en el extranjero, yo había vivido con mis tías en Rosario, disfrutando de una libertad que ahora, otra vez, se veía limitada.

Aquella casa tenía un altillo donde pusieron mi cama y una mesa, con un anaquel que hacía de biblioteca. Aun en los primeros meses, la convivencia junto a ella y su pequeño hijo no tuvo serios conflictos, ya que nos propusimos ejercer la tolerancia que produce la indiferencia.

Mi padre, irónicamente, con sus restricciones de horario me había permitido acceder a la noche. Él creía que mis llegadas al amanecer eran el capricho de un adolescente que quiere desobedecer a la autoridad, y que terminarían pronto. Se equivocó. Me reencontré con mis amigos Lecca y Mazo. Nuestro vagabundeo noctámbulo se extendió más allá del barrio a otros sitios que nunca antes habíamos visitado. Ahora que la adolescencia llegaba a su fin, en esas caminatas descubríamos sedientos nuevos olores, gente, imágenes que se cristalizaban en la oscuridad. Era el revés de una trama que vaciaba lo necesario, es decir, se quedaba sólo con los detalles.

—No les tengo miedo a ustedes; tampoco a esos que están allá. Sólo tengo miedo de mí mismo —nos gritó un hombre sin motivos, en los puestos de comida rápida a un lado de la estación de trenes de Puente Pacífico.

“Sólo tengo miedo de mí mismo”, repetíamos con Mazo como si nos hubiera dado una lección acelerada de puro existencialismo. Pero no era literatura, era vida. Y eso no nos hacía despreciar los libros, al contrario, sólo separar la afectación que a veces tiene el arte.

Cuando los amigos no podían acompañarme, viajaba en los trenes y colectivos por una ciudad que se presentaba más infinita e incierta.

Una noche en la estación de Chacarita me topé con Keith Richards.

—¿Tocás la guitarra? Tenés manos de guitarrista —le dije al tipo sentado a mi lado en la barra del bar. Las uñas largas de color ocre llamaban la atención sobre sus dedos huesudos. Tardó unos segundos en contestarme:

—Sí, como Keith Richards.

Y en seguida, porque el alcohol y la soledad unen a los desconocidos en la noche, dijo que esperaba a un tipo desde hacía tiempo.

—Debe estar gastando la plata en… —agregó sin terminar la frase. Pedimos otra ronda de vino que hicimos durar fumando un poco de marihuana en la plaza, en frente del bar. Contra los muros del cementerio lindero a la estación algunas prostitutas esperaban aburridas clientes. De vez en cuando un auto se detenía, pero al rato continuaba su camino solitario.

—Con veinte mangos saco una partusa —aseguró—. ¿Tenés quince?

—Solo me queda para dos vinos.

—Ya fue —dijo a la vez que cruzábamos la calle en dirección al bar—. Si estuviera…

—¿Quién?

—La Garza. Estaba muy dulce. El otro día compramos una casetera, de las grandes, modelo viejo. Un taxista la vendía a buen precio; se la había dado un amigo que se la hizo en una casa, con otras cosas. También me ofreció un televisor, pero para qué carajo quiero tener otro más… Por la casetera le dimos diez pesos y algo de merca.

—Buen negocio —dije y pedí otra vuelta de vino. Tenía la boca pastosa. No había fumado mucho pero sentía la cabeza pesada sobre mis hombros.

—La casetera no funcionaba.

—Salud. —Levanté el vaso; no quería escuchar lamentos de borracho.

—Salud —se rió—. Decí que está el novio de mi hermana, que es medio técnico, él estudió radio y televisión en el colegio Cuba, así que algo sabe. Cuando la abrió para arreglarla, encontró un paquete con dólares. Con eso me compré otra guitarra y una video. La Garza no toca, lo único que le gusta es la joda. Está de gira por los barrios… —dijo y se rió nuevamente.

No le creí del todo la historia. Después de otra ronda, que el hombre de la barra nos dejó a mitad de precio, nos fuimos a una Shell donde vendían cerveza barata. Mientras caminábamos noté que Keith Richards era muy bajo: la cabeza y las manos me parecieron desproporcionadas; pensé en un gnomo. Compramos dos botellas de Quilmes y las tomamos a metros de la estación de servicio, en el descanso de una casa, como nos pidió el empleado.

—Satisfaction: ésa es una canción —afirmó y se puso a tocar una guitarra invisible. Soy rápido, eh, como Keith.

—O como Clapton.

—Ese también es bueno. Cocaine… —Y comenzó a cantar el tema en un inglés ininteligible.

En la esquina, la avenida se bifurcaba en otras calles que trazaban un anillo alrededor de la plaza y el cementerio. Calculé que serían las cuatro de la mañana. Un hombre pasó delante de nosotros y Keith Richards se levantó para pedirle dinero.

—Un peso pa’ la birra —dijo en un tono que osciló entre la súplica y la exigencia.

Al cabo de otras personas compramos cinco cervezas, hasta que el empleado de la Shell nos dijo amablemente que ya era suficiente por hoy.

[Fin del adelanto]

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