Una familia rota: un cuento de Calle Patria, de Ivón Osorio Gallimore

Ivón Osorio Gallimore

Compartimos «Una familia rota», un cuento completo de Calle Patria, de Ivón Osorio Gallimore, publicado por Suburbano Ediciones en la colección #SEd.

Portada de Calle Patria

Una familia rota

En la casa vivían mi mamá, los bisabuelos, la abuela, la tía, el tío y los primos. Todos pendientes de mí hasta el más mínimo detalle, pero nunca dejé de sentir que algo me faltaba, sobre todo en aquellos días en los que debido a la bronquitis asmática no podía bajar a jugar. Entonces, salir al balcón era mi refugio.

Me pasaba horas con la cara entre los barrotes, mis manitas se aferraban a la baranda que se alzaba por encima de mi cabeza. Me enardecía mirando a los vecinos que vivían enfrente. Podía ver a una niña, a una mujer y a un hombre sentados juntos a una mesa. Ella llenaba el plato de su hija con arroz blanco, huevo frito y plátano maduro; lo que quedaba, se lo dividía con el esposo. Todos sonreían mientras se llevaban la comida a la boca. Cuando el viento soplaba a mi favor, por mi nariz danzaban el aroma de laurel, comino, ajo, cebolla, chicharrón de pollo y tostones recién fritos.

Los domingos, cuando abrían las puertas del balcón de par en par, la niña aún andaba en pijama. La mujer vestía falda corta, blusa de tirantes, llevaba un plumero en la mano con el cual iba sacudiendo muebles y objetos. Él usaba bermudas, camisa de rayas verdes y leía el periódico sentado en el sofá.

Las mañanas eran lo peor debido al calor. No obstante, prefería estar afuera. Adentro, algunas veces, mi mamá discutía por teléfono con mi padre para que enviara la manutención del mes. Cuando por fin entraba a la casa me regañaba al verme empapada en sudor y oliendo a rayo encendido. Enseguida me enviaba al baño a darme una ducha. De soslayo podía ver en el espejo, que el blanco de mis dientes contrastaba con mi cara aún más oscurecida debido al sol.

De lunes a viernes observaba a los vecinos después de las cinco de la tarde. Cuando el padre llegaba del trabajo, la niña corría a la puerta y él la cargaba y la besaba sosteniéndola en el aire. La mujer se acercaba y giraban y giraban. A veces los perdía detrás de alguna pared, hasta que los volvía a ver, más contentos que antes.

De noche, sus rostros eran alumbrados por el reflejo del televisor. Él descansaba la cabeza en los muslos de su esposa. La niña se acostaba encima de los dos, aferrada a una pequeña almohada que la inducía al sueño. Entonces, yo también entraba a descansar.

Por suerte, en aquella época las personas vivían con las puertas y ventanas abiertas para que entrase el aire. Ese aire que me faltó tantas veces, sobre todo cuando cambiaba el tiempo. Eso fue lo que permitió que estas imágenes se proyectaran ante mí, igual a una de esas películas francesas que pasaban los domingos en la tarde, bajo el prisma de alguien que, como yo, venía de una familia rota.

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