Mario Zegarra
Compartimos un adelanto de la novela Tan ignorado como aquí, de Mario Zegarra, publicada por Suburbano Ediciones en la colección Noir.
1
Terminados sus cuatro meses de licencia psiquiátrica, Santiago Matamoros estaba por llegar a una nueva escena del crimen, bien de madrugada, cuando desde el patio mismo de la quinta notó el hedor a muerto, que ni el humo del cigarrillo —el quinto Morley desde que el llamado de Ruiz lo había arrancado de la cama— podía atenuar. Pero eso era lo de menos: la incertidumbre le desgajaba las tripas. Aun ahogándose entre los rezagos del pisco, intentaba enfrentar el espanto de no encontrar a alguien que le dijera: Tu hija aparecerá.
Todo va a estar bien, capitán, se dijo. Todo va a estar bien.
Todo va a estar bien. Todo va a estar bien. Todo va a estar bien. Todo va a estar bien. Necesitaba repetirlo. Un mantra. Una palmadita en el hombro, un impulso de seguridad para seguir viviendo. Pero era inútil.
Se apoyó contra una de las últimas columnas del patio. Tanteó esa superficie descascarada, intentando no caerse. Tanteaba sus recuerdos, también: la voz de la Áurea de los primeros años del noviazgo, cuando leían juntos, bien acurrucados, alguna novela. ¿En qué momento se había jodido el Perú? La voz de Áurea.
¿En qué momento se había jodido Santiago Matamoros? ¿En qué momento Áurea había empezado a dejarlo?
En qué momento te jodiste, Santiago.
Esmeralda.
La muerte de su pequeña Esmeralda.
La posible muerte, mejor dicho: ni esa certeza tenía.
Olvidar. Perderse en su propia miseria.
Esta misma madrugada, una hora antes y entre las pesadillas del pisco, se estaba remontando a ese amanecer de terror, cuatro meses atrás, hoy revivido desde la lejanía de los recuerdos. Y el walkie-talkie lo despertó, lo sacó de su sueño con Esmeralda. Su pequeña Esmeralda, que seguía perdida.
—¿En dónde dices que es, Epifanio? —había respondido entre balbuceos, garabateando en la libreta que siempre llevaba consigo y que había dejado junto al walkie-talkie—. Sí, sí… Descuida, no pasa nada. Estoy bien. —Bostezó—. Me cambio y voy para allá.
Sí: cuatro meses lo alejaban de la sonrisa de su pequeña Esmeralda. Y no solamente de su pequeña Esmeralda: ella era sólo una cifra más en el caso de las niñas secuestradas en Lima.
Sin poder levantarse del todo pese al apremio de Epifanio Ruiz, Santiago Matamoros se había abandonado al ajado recuerdo de una foto que sacó del cajón de la mesa de noche. Y se esfumó en la desolación del secuestro. Hilvanó poco a poco las ideas, frotándose las sienes. Lo que daría por un café bien cargado.
Y ahora, a punto de salir del patio a toparse con lo que fuese que había descubierto el teniente, prendió otro Morley.
Faltaba poco para el amanecer, y las antiguas baldosas moriscas lucían resbaladizas. Matamoros por poco se va de bruces, y a tanto escándalo le respondió el intenso trinar de todo un penal de canarios enjaulados. Y vio que Epifanio Ruiz salía del patio interior, directo a él.
—¡Diablos, teniente! —dijo—. Alguien ya debió haberse partido el cuello en esta mierda de patio.
—Casi el que se parte el cuello eres tú, capitán Santiago. Por poco y patinas hasta el fondo del infierno. Buena manera de retomar el cargo.
—No jodas, teniente. —Santiago Matamoros intentó mostrarle a Ruiz su mejor expresión—. ¿Novedades?
El teniente Epifanio dudó antes de hablar:
—¿Crees que…?
—… carajo, estoy bien. Qué novedades hay. Me vas a responder o no.
—Antes de aquello que huele tan rico —Epifanio señaló con el pulgar el fondo del patio—, encontramos a Valdivia. ¿Quieres ir yendo para ver con qué nos…?
—¿Ya lo interrogaron? —dijo Santiago Matamoros mostrando todo su interés.
—¿A quién?
—A Valdivia, a quién si no. ¿Ya lo interrogaron?
—¿Interrogarlo, compare? Lo encontramos, pero hecho mierda: lo aventaron por la ventana de un cuarto piso, Santiago.
—¡Carajo! —Santiago Matamoros dio con el puño contra la columna—. Ahora el maldito no nos podrá contar nada.
—Salvo que se invente en serio eso de la ResurrectionMachine® —dijo Epifanio—, no creo que jamás vuelva a decir palabra alguna. Lo hicieron volar calato junto con la “kinesióloga” que se había contratado el muy arrecho. ¡Vaya maldita suerte!
—¿Suerte? Suerte tiene el hijo de puta del Tayta, de quien estamos más lejos con esta maniobra: no es casualidad que hayan defenestrado a nuestro soplón.
—Defene… ¿qué?
—Arrojado por una ventana, teniente —dijo Santiago Matamoros, ofuscado—. No voy a andar explicándote siempre todas las cosas.
—Ah, era eso… —dijo Epifanio intentando ocultar la vergüenza—. Ya, compare, no se diga más.
—Llévame a ver toda esa mierda, sea lo que sea.
2
Dejaron el patio, en silencio, rumbo a la presunta escena del crimen: todo el ambiente apestaba. Doblaron a la izquierda, después a la derecha, y atravesaron un pasadizo que desembocaba en un patio un poco más pequeño. El gorjeo de la multitud de canarios le caía como una patada en el culo a la resaca de padre y señor mío que sufría Matamoros.
—Algunas personas coleccionan recuerdos —le dijo el capitán al teniente, quien se la veía venir—. Otras, algún cachivache. ¡Por qué demonios me tengo que topar yo con hijos de puta que recolectan bestias tan chillonas!
Las sonrisas de los dos fueron extinguidas por la inconfundible fetidez de la carne corrupta que venía del otro lado de la puerta de acero. ¿Carne podrida de algún animal, de algún desdichado? Pero Epifanio Ruiz lo intuía: aunque no podía revelárselo a Matamoros, él estaba ahí buscando a esa persona, justamente a ese posible muerto: el dueño de la quinta. Debía encontrarlo para llegar al libro que le habían mandado a buscar. No pudo franquear la puerta de acero fundido, y ante la novedad de la pestilencia decidió dar el aviso al capitán.
Santiago Matamoros exhumó recuerdos relegados en algún rincón de la memoria. Escenas con zanjones como comunes escenarios. Mutilados, cadáveres desfigurados que quebrantaban el alma, llantos, muertos y muertas copulando unos con otros en una danza eterna, pequeñas partes humanas —¿acaso provenientes de alguna niña, Santiago Matamoros?— enmarañadas en un amasijo sanguinolento, vísceras podridas comulgando con enjambres de moscas, un revoltijo en las entrañas, la frustración a flor de piel sofocando el corazón, la duda atormentándolo.
[Fin del adelanto]
